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Si hay una historia fascinante esa es la de la señora verdad y todos los que pretenden encontrarla. Desde los sofistas presocráticos muchos nos vienen advirtiendo que los que más se acercan son precisamente los que entienden que no es posible acceder a ella. Exponentes de este pensamiento no han faltado: Kant y su criticismo; el postmodernismo; la epistemología constructivista y sus correlatos en biología, psicología y cibernética; el neomarxismo de la escuela de Frankfurt; la física cuántica… Llevamos más de dos siglos asistiendo al advenimiento de la verdad definitiva: hay tantas verdades como individuos que la buscan.
Si me he aventurado a escribir estas líneas no es, sin embargo, para hacer una disquisición filosófica. Mi objetivo es completamente pragmático y se dirige a los movimientos sociales de izquierda de los que llevo años siendo agente activo en diferentes colectivos. Aunque muchos llevamos bastante tiempo alejándonos de ciertas posiciones dogmáticas que apelan a la ortodoxia moral, a la fidelidad a los símbolos, identidades, e incluso, en muchos casos a una determinada forma de vestir, hablar o comportarse; este ritmo sigue una dinámica de adaptación a las circunstancias lento comparado con el del capitalismo, siempre dispuesto a la flexibilidad para seguir siendo productor y reproductor de ideología. Bienvenidos a la era de la incertidumbre, el fin del determinismo social, del finalismo histórico, los prejuicios judeocristianos, de las certezas y consecuente imposición de las ideologías… La postura que defiendo, heredera del relativismo y el escepticismo, no tienen que llevarnos a una laxitud en nuestros objetivos. La creación de una sociedad sin clases, la abolición del trabajo asalariado, la propiedad colectiva de los medios de producción, la participación de todos y todas en la elaboración de nuestros sistemas de organización a través del debate y el trabajo común…no son metas incompatibles con ello. Lo que es incompatible es la manera de plantearlo. Parece que damos más importancia a la estética de nuestra dialéctica que a la creación de marcos interpretativos, o a la consistencia interna de nuestro discurso. Los que nos vanagloriamos de ser herederos de las explicaciones más científicas de la historia de la humanidad hace mucho que no nos planteamos contrastar nuestros planteamientos. Lo más sorprendente es que mientras que seguimos llenando nuestros reducidos recursos de expresión de mucha literatura, hay líneas de investigación científica que podríamos aprovechar. Existen proyectos de investigación que relacionan la destrucción de los sistemas de protección social (especialmente en lo referente al sistema laboral y sanitario) o la anomia política con sintomatología depresiva, somática e incluso mortalidad prematura. El ser humano necesita libertad subjetiva, sentirse agente de la construcción social y control sobre la satisfacción de sus necesidades. Ningún sistema político ha conseguido hasta ahora satisfacer estos tres ejes fundamentales. Esto no deriva de ningún criterio moralista, sino del análisis riguroso de la construcción de significados del ser humano durante toda la historia. Muchos de nosotros seguimos mirando con ojos nostálgicos a épocas pasadas, justificando sistemas coercitivos con la eterna excusa de que un día llegarían a la perfección utópica, sin tener en cuenta que el cambio social no tiene nada que ver con las reacciones químicas; el producto siempre guarda relación con las propiedades del proceso. Otros siguen convencidos que la no convivencia (aparente) con el sistema y la ortodoxia les va a reportar ciertos poderes especiales para cambiar la sociedad de raíz. Seamos realistas, desde el totalitarismo no se puede construir una sociedad sin clases, y para enfrentarnos al sistema no podemos obviar que formamos parte (necesaria o no) de él. Como los pedagogos constructivistas dicen: El aprendizaje supone la participación en una comunidad y deja de ser considerado como la adquisición de conocimientos por individuos para ser reconocido como un proceso de participación social. Este planteamiento nos conduce en definitiva a una conclusión muy sencilla: si aquellos que nos apellidamos revolucionarios queremos cambiar algo, debemos unirnos y dedicarnos a la estructuración del tejido social, pájaro que lleva una jaula en su interior desde hace demasiado. Al sistema no le preocupan nuestras ideas u objetivos tanto como la capacidad de crear una alternativa de poder popular. Y para ello no nos queda más que trabajar duro para que mucha gente participe de ello. Francisco José Eiroá Orosa |